La noche
Por fin
apagué la insignificante vela que iluminaba mi habitación. Mi
sombra desapareció humeante en la oscuridad. Me recosté, al fin, y
me dispuse a dormir pero, en ese instante algo me desveló y no fue
el reflejo de la luna en mi ventana, siquiera el maldito frío de
invierno. El pensamiento más grave brotó, atravesó todo mi ser, y
me arrojó de las tinieblas a un nuevo amanecer; en todos mis huesos
retumbó la idea: Ser es tiempo.
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