Trastorno Límite de la Personalidad (TLP): causas, sintomatología y tratamiento
El Trastorno Límite de la Personalidad o TLP
es considerado uno de los trastornos de la personalidad más graves,
junto con el paranoide y el esquizotípico, ya que muchos expertos los
conciben como versiones más acentuadas del resto. En ese sentido, el TLP
puede compartir muchas características con otros trastornos de la
personalidad, como el dependiente, el histriónico, el evitativo o el
antisocial. Entre los criterios diagnósticos del DSM se incluyen:
- Esfuerzos frenéticos por evitar el abandono, real o imaginario;
- Alternancia entre extremos de idealización y devaluación en las relaciones interpersonales;
- Autoimagen marcadamente inestable;
- Impulsividad potencialmente peligrosa, por ejemplo en relación a dinero, sexo, abuso de sustancias o atracones;
- Autolesiones o amenazas o intentos de suicidio;
- Inestabilidad en el estado de ánimo debida a una marcada reactividad emocional;
- Sentimientos crónicos de vacío;
- Ira intensa e inapropiada o dificultad para controlar la ira;
- Ideación paranoide o síntomas disociativos severos, transitorios y relacionados con el estrés.
Actualmente se cree que el TLP es el resultado de la combinación entre la predisposición biológica a sentir una alta reactividad emocional,
la cual llevaría a episodios especialmente frecuentes e intensos de
impulsividad o irritabilidad, y un entorno invalidante. Marsha Linehan,
creadora de este concepto y experta en TLP, define el entorno
invalidante como aquel en que los cuidadores proyectan sus propias
emociones y motivaciones en el niño en lugar de reconocer y aprobar las
de éste, no tolerándose las muestras de emociones negativas. De este
modo, se trivializaría el análisis que el niño lleva a cabo de sus
experiencias –por ejemplo, diciéndole “Estás enfadado pero no quieres
admitirlo”– y se le transmitiría que éstas son causadas por rasgos de
personalidad calificados como negativos, lo cual se resumiría en
mensajes como “Eres malo”. Sin una validación adecuada de las propias
experiencias, el niño no puede aprender a etiquetar correctamente sus
emociones ni a considerar naturales sus reacciones, lo cual dificulta el
desarrollo de la identidad.
El TLP también se ha asociado con frecuencia a traumas infantiles;
entre los factores de riesgo para el desarrollo del trastorno se
encuentran la negligencia y el abuso emocional, ser testigo de violencia
doméstica, la criminalidad y el abuso de sustancias por parte de los
padres y, en particular, el abuso sexual reiterado. Se ha hipotetizado
que este tipo de victimización crónica llevaría al niño a creer que él
es vulnerable e impotente y los demás son peligrosos y, por tanto,
afectaría su capacidad para formar vínculos de apego seguros y
satisfactorios.
Según Pretzer (1996), las personas con TLP conciben el mundo en términos dicotómicos,
es decir, sus opiniones sobre ellos mismos, el mundo y el futuro
tienden a ser completamente positivos o completamente negativos. Esta
forma de pensar llevaría a emociones siempre intensas y rápidamente
cambiantes de un extremo al otro, sin posibilidad de términos medios.
Como consecuencia natural, los demás perciben estos cambios como
irracionales y aleatorios.
La tendencia de las personas con TLP a
sentir emociones negativas con mayor intensidad y frecuencia que la
mayoría de la gente explica en parte su propensión al consumo de drogas,
a los atracones de comida –y por tanto a la bulimia nerviosa– o a las
relaciones sexuales de riesgo. Todas estas conductas son llevadas a cabo
con la intención de reducir el malestar, como también ocurre en
ocasiones con los comportamientos autolesivos, que se usan para apartar
la atención temporalmente de las emociones negativas. Muchas personas
con TLP que llevan a cabo este tipo de comportamientos afirman que
sienten escaso o ningún dolor durante estos episodios, más frecuentes
entre los 18 y los 24 años.
La autodevaluación inherente al TLP se
relaciona con la intensa necesidad de tener una relación íntima con otra
persona, sea ésta romántica o no. Estas relaciones reducen los
sentimientos de vacío y de falta de valor personal y hacen que la
persona con TLP se sienta protegida en un mundo que, como se ha dicho,
concibe como peligroso. Siendo tan fuerte su necesidad de estar unidos
al otro significativo, no es de extrañar que las personas con TLP sean
extremadamente sensibles a la posibilidad de ser abandonados; actos
banales de los demás son en muchas ocasiones interpretados como signos
de un abandono inminente. Así, no sólo se producen como consecuencia
frecuentes arrebatos de desesperación y de ira contra los demás, sino
que los comportamientos autolesivos pueden ser usados como intentos de
manipular a los demás para que no los dejen o como forma de vengarse si
sienten que han sido abandonados. Los síntomas de TLP tienden a
disminuir con la edad, incluyendo los comportamientos autolesivos. No
obstante, en personas mayores estos pueden manifestarse de maneras algo
diferentes, como mediante el descuido de la dieta o de los tratamientos
farmacológicos.
No obstante, y paradójicamente, la
fuerte unión al otro puede llevar también al miedo de que la propia
identidad, frágil e inestable, sea absorbida. Se teme además que el
abandono percibido como inevitable sea más doloroso cuanto más íntima la
relación. Es por esto que la caótica conducta interpersonal de las
personas con TLP puede en cierto modo considerarse una estrategia
inconsciente para evitar una estabilidad que se puede llegar a temer
tanto como los sentimientos de vacío. De este modo, muchas personas con
TLP fluctúan entre el miedo a la soledad y el miedo a la dependencia,
manteniendo sus relaciones durante un tiempo en un equilibrio inestable
y patológico. Los demás, sintiéndose frustrados y exasperados, tienden a
apartarse de ellos, lo cual refuerza su creencia de que merecen ser
abandonados, configurando un círculo vicioso en que la persona con TLP
causa aquello mismo que teme que suceda.
El TLP conlleva una fuerte
predisposición a los episodios depresivos, debido a que se relaciona con
baja autoestima, sentimientos de culpa, desesperanza y hostilidad hacia
los demás. De hecho, algunos expertos afirman que el TLP podría
considerarse un trastorno del estado de ánimo, y la inestabilidad
emocional característica del TLP se ha relacionado incluso con el
trastorno bipolar, que se define por la alternancia entre periodos de
semanas o meses de depresión y otros de estado de ánimo patológicamente
elevado.
Probablemente sea la propia severidad
del TLP la que ha llevado a que se haya investigado más sobre su
tratamiento que sobre el de cualquier otro trastorno de la personalidad,
de tal modo que actualmente es el único para el que se conoce un
tratamiento eficaz. Nos referimos a la Terapia Dialéctica de Conducta,
ideada en los años 90 por la ya mencionada Linehan (1993), quien, para sorpresa de la comunidad científica, reveló recientemente que ella misma fue diagnosticada de TLP. La Terapia Dialéctica de Conducta
se basa en la aparente paradoja que, según Linehan, la llevó a mejorar y
la motivó a desarrollar su terapia: para poder cambiar es necesaria la
aceptación radical de uno mismo. Entre otras estrategias, este
tratamiento incluye estrategias de regulación emocional, entrenamiento
en habilidades sociales y modificación de creencias.
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